Génesis de los Dioses: Khellos diosa de la vida

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Génesis de los Dioses: Khellos diosa de la vida

Mensaje por Karuel Yanger el Sáb Dic 29, 2018 12:11 pm

EL TEMPLO DE LA MONTAÑA

Khellos observaba con detenimiento los eslabones colosales, cubiertos de musgos y líquenes, que formaban una de las cuatro cadenas que anclaban a la tierra la isla flotante en la que se encontraba el templo de la montaña. En los cuatro picos, la vegetación era tupida y exuberante, y se perdía hacía el fondo del abismo cubierto por la niebla. El sol radiante iluminaba desde el cielo azul cuajado de nubes algodonosas, desplegando todo su poder, mostrando toda la belleza sublime de aquel paisaje mezcla de espiritualidad divina y mundo terrenal.
Dos cascadas se derramaban desde la isla aérea hacia el fondo del abismo y lo llenaban, creando un lago de una profundidad enorme, de allí nacía el gran rio Saozam, que vertía la vida al resto de la tierra.

La brisa mecía la melena oscura de Khellos y su vestido blanco ondeaba con claridad como si desprendiese luz, la bruma de las cascadas era atravesado por los rayos del sol y conferían de un aura mística la silueta de la joven que pronto iba a convertirse en una divinidad. Iba descalza, sin miedo al contacto con la madre tierra, mediante ese vínculo sentía aún más la unión con los espíritus que la habían mostrado el ánfora de la vida. Sus cuatro acompañantes esperaban mirándola debajo de la repisa donde Khellos estaba contemplando el templo. Ulombo Mondu de pie con las piernas abiertas y cruzado de brazos daba sombra con su corpachón a Esheyrele, la sacerdotisa, que descansaba apoyada en su cayado. Shyral y Dylarish guardaban la distancia la una de la otra y mantenían un estado de alerta y desafío constante a pesar de tantos años de convivencia.

   −La única forma de llegar al templo es subir por una de estas cadenas, va a ser largo y complicado – avisó Khellos.

   −Tranquila, mi niña− respondió estoica, Esheyrele – ya de llegar hasta aquí, no vamos a quedarnos a las puertas del templo.

Los demás asintieron en silencio, Khellos les sonrió y se encaminó a los gigantescos eslabones. Comenzaron una subida ardua, Ulombo Mondu era el único capaz de pasar de un eslabón a otro saltando y, bajando y subiendo al resto con una cuerda que se ataban por turnos, para ir cruzando un eslabón hacia el siguiente. Hasta que la cadena se inclinaba tanto que el desnivel solo podía salvarse escalando.

Haciendo gala de su poderío físico, Ulombo Mondu se ató a las cuatro mujeres alrededor de su cintura y las subió, a la vez que él escalaba; una gesta propia de un titán.
Una vez que llegaron a la explanada de la isla flotante, Ulombo Mondu, se quedó con una rodilla hincada y los brazos apoyados en el suelo recuperando el resuello. Khellos extendió sus manos delicadas y cogió la fuerte mandíbula del guerrero de ébano, le levantó la cabeza gacha con cariño, le limpió el sudor con un pañuelo que sacó de una de sus mangas; le ofreció su mayor sonrisa, luego le besó en la frente y por último le abrazó.

   −Tienes toda mi gratitud y mi bendición siempre irá contigo allí donde estés – le elogió Khellos

La imagen del templo encastrado entre dos montañas en toda su extensión vertical, escalonado a diferentes niveles, rodeado de vegetación y de bandadas de aves volando en derredor llenando de trinos el aire acompañado del rumor de un gran lago en la base, los dejó atónitos. Del templo manaba una cascada que nutría el lago. Bordearon las aguas claras hasta situarse en las cercanías de la entrada. De dos pedestales de gran tamaño bajaron dos minotauros armados con hachas de doble filo. Empequeñecían a Ulombo Mondu, con su tamaño bestial, y de sus ollares con aros desprendían su aliento furioso y mortal que entrañaba la presencia de los visitantes.

  −El acceso al templo está prohibido a los mortales – rugieron al unísono acompañando su aviso amenazante con un golpe, en el piso empedrado, del mango de sus hachas.

  −No te preocupes, pequeña, nosotros distraeremos a estas moles, para que puedas entrar en el templo – aseguró Esheyrele

  −Hasta será divertido, enfrentarse a estos mostrencos. ¿Verdad Dylarish? – dijo Shyral guiñándole un ojo a su eterna rival

  −Te apuesto lo que quieras a que soy la primera en arrancarle un cuerno a uno de ellos − le retó sonriente Dylarish

  −Acepto.

  −Al fin unos rivales dignos de mi fuerza, ¿a qué esperamos? – repuso Ulombo Mondu ansioso, agitando su maza.

Khellos se situó junto a ellos dispuesta a luchar, pero Esheyrele le conminó a dejarles:

  −Apreciamos sinceramente tu valentía, pero nosotros aceptamos de buena gana la muerte que nos espera, solo por ti, por tu familia, por la esperanza que eres para todos nosotros y para el mundo que ha de venir, vete tranquila.

  −Acepa nuestro sacrificio, sin más, es voluntario, leal e incondicional como nuestro amor por ti− dijo Ulumbo Mondu

Con lágrimas anegando sus ojos Khellos, se despidió.

  −Siempre estaréis en mi corazón, en mis pensamientos, sois parte de mi como yo de vosotros y nuestros destinos tanto en la vida como en la muerte siempre estarán unidos, os lo prometo, puede que la sangre te haga pariente, pero la amistad nos ha hecho familia. Os veré en otra vida.

Y a la misma vez que sus familiares se lanzaban contra los guardianes, Khellos corrió hacía el templo.

La estrategia que siguieron los cuatro guerreros fue sencilla pero poco efectiva; Las mujeres primero atacaron desde lejos para alejar a las bestias. Ulombo Mondu esquivó con agilidad inusitada la embestida brutal de uno de ellos, y le asestó un tremendo mazazo en la cabeza, sin embargo, el minotauro giró la testuz y repelió el impacto con uno de sus cuernos del que se desprendieron esquirlas de hueso.Shyral y Dylarish se movían con astucia felina, fintando y eludiendo los hachazos segadores que bufaban cortando el aire, y castigando en cada ocasión las patas cubiertas de cerdas, intentando cortar las articulaciones.

Por su parte, Esheyrele, lanzaba pequeños dardos de energía, con la única intención de despistar los suficiente al minotauro que estaba trabado en combate cuerpo a cuerpo con Ulombo Mondu. Éste lanzó un hachazo tan poderoso que destrozó el escudo del guerrero, no le partió el brazo debido a su gran fuerza, pero lo derribó lanzándolo por el aire.

Khellos subió los escalones de dos en dos y cubrió varios pisos antes de llegar al segundo nivel y pararse a descansar. Todavía le quedaban otros dos niveles hasta la cúspide donde con seguridad se encontraba el Ánfora de la vida. Sin perder el entusiasmo volvió a correr acuciada por la necesidad de apurar el tiempo antes de que sus compañeros resultaran heridos de muerte.Salvó otro nivel y entró en el tercero, un rosetón enorme, hueco por el que entraban con libertad el aire y las aves, derramaba la luz con geometría radial por su tracería hasta una rosa de los vientos en cuyo centro se elevaba un pedestal con la reliquia que la convertiría en la diosa de la naturaleza y de la vida. No obstante, los bordes de la circunferencia daban al vacío del primer nivel y en cuatro repisas cercanas a la cúspide cupular descansaban cuatro arpías de momento aletargadas. La marca de nacimiento empezó a irradiar un tenue fulgor que hizo poner en movimiento los mecanismos que sacaron el suelo faltante de huecos en las paredes, hasta completar el embaldosado. Las arpías despertaron de su sueño y comenzaron a rotar su cuello y su mirada aviesa en sus ojos rapaces amarillos asomó maligna, en dirección a Khellos.Sabía que nada más que entrase en la sala, se lanzarían con sus garras dispuestas a desmembrarla.

Los cuatro guerreros se batían a fondo con todas sus habilidades y sentidos al máximo, ya se habían llevado varios golpes y cortes que con total seguridad hubiesen terminado con la vida de otros en su misma situación.La fatiga comenzaba a hacer efecto, incluso en Esheyrele, que se empleaba al máximo de sus capacidades mágicas, para salvaguardar la integridad de sus compañeros.Y cuando parecía que estaban controlando la batalla, llevándola a unas tablas más que meritorias, todo se tornó nefasto de repente.
Con una velocidad bárbara, uno de los minotauros corneó con tanto salvajismo la cabeza de Ulombo Mondu que un desagradable crujido indicó que tanto la nariz como el cráneo estaban rotos. El poderoso guerrero cayó con un impacto demoledor al suelo respirando entrecortadamente por la boca mientras la sangre manaba de sus oídos, fosas nasales y ojos aplastados.
Sin esperarlo el otro minotauro harto de lanzar hachazos al aire, soltó su arma y con un movimiento veloz atrapó a Shyraj y a Dylarish con sus manazas y comenzó a apretar, estrujándolas.

  −Nunca pensé morir luchando mano a mano con una enemiga racial – acertó a decir Shyraj mientras sentía como sus huesos comenzaban a crujir y el dolor se hacía insoportable

  −¿Y con una hermana? − le contestó Dylarish casi sin fuerza

  −Eso siempre − respondió Shyraj, y ambas consiguieron cogerse de la mano antes de sentir como su vida les era arrebatada

Esheyrele fue consciente cuando vio caer a Ulombo Mondu que estaba perdida, así que abrió los brazos y cerró los ojos abrazando la muerte que le esperaba en forma de carga feroz y despiadada de aquella bestia mítica.

La pequeña Khellos, vivaracha cual gamo saltarín, etérea cual ninfa crepuscular, grácil cual bailarina oriental, inició su danza descalza, desarmada y dispuesta a todo.
Su vestido blanco ondeó lo mismo que su melena oscura al compás de sus movimientos fluidos y delicados, las arpías como una coral de graznidos y revoloteos salvajes se lanzaron a completar el contrapunto de aquella melodía eterna: la vida contra la muerte.

Como si hubiese ensayado esa coreografía durante toda su vida, Khellos, se desplazó con la misma ligereza que una pluma, y en medio de garras, colmillos, chillidos estridentes y aleteos furiosos, bailó con la muerte resuelta a triunfar.Su cadencioso cimbreo llenos de giros, contra giros y contoneos rítmicos sorteó con una elegancia innata el torbellino estrepitoso que la rodeaba.En un movimiento final ejecutó una voltereta, apoyando las manos en el suelo y saltando hacia delante, curvando la espalda en un ángulo imposible. Pasó por encima de los guardianes alados y como si todo hubiese sido calculado con exactitud meridiana, la pequeña y dulce Khellos, asió con ambas manos, las asas del Ánfora de la vida.
Centellas multicolores la rodearon y al instante se esparcieron en una onda vital desde el centro de la rosa de los vientos hasta los confines del mundo. Khellos, era ahora, la diosa de la naturaleza y la vida.

Momentos antes de perecer, Khellos, reclamó las almas de sus cuatro protectores que, en forma de remolinos desaparecieron hacía su deidad para servirla como arcontes.

Karuel Yanger

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